miércoles, 27 de agosto de 2008

Ha dibujado algo en cada vidrio empañado de la sala,
un mínimo trazo de frescura y disimulo seguido de otro,
una estrella de seispuntas, otra de cinco, un sol.

Ahora está frente al último rectángulo y sus infinitas posibilidades,
luego de este ya no podrá contener más las lágrimas.
Igual que el provocador y oscuro cielo,
escondiendo posibles estrellas, llorará con rayos y ruidos incontenibles.

Cerrando puños y ojos desea con todas sus fuerzas
que luego del último dibujo se abra la puerta,
trayendo desde extraños caminos a su madre.
Traza un óvalo con el índice, adentro dos puntos por ojos,
la nariz es una raya vertical, y cuando está terminando la línea
de la boca escucha la llave dando vuelta el cerrojo, el chirrido de la puerta,
los acordes. Sonrie y deja su instrumento. Cuando se vaya el frío de mi último dibujo también se desvanecerá en el olvido. Me quedaré con ganas de escribirle un cuento,
preguntándome si esta angustia es pasajera, acaso en la ventana un aparecido de todos los días que nadie reconoció.

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